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EL COLOR NARANJA DE LUZÍA

Este mes trata de «cosas nuevas» así que vamos allá con otra más. Aunque os tengo que decir que esta no es una «cosa nueva» cualquiera, esta es una de las importantes, una de esas que te hacen mucha ilusión.

Hace tiempo, Luzía nos dio su visión sobre la relación entre creatividad y ansiedad en un post del blog y hoy, nos regala uno de sus relatos cortos. Escribir no es una «cosa nueva» para ella pero quizás, este sea el primer paso para que lo haga de forma diferente, la primera página de esa novela que seguro llegará a publicar. ¡Gracias Luzía!

EL COLOR NARANJA

«Abrió un ojo. El izquierdo, concretamente. Aunque la habitación estaba oscura, consiguió ver su ropa en el suelo, un vaso de tubo medio vacío posado sobre la mesita y sus ganas de empezar el día tiradas en la alfombra. Joder, cuántas cosas soy capaz de ver con un solo ojo, pensó, ¿seguiré borracha? Parecía tener una orquesta de martillos dentro de la cabeza interpretando con entusiasmo su mejor pieza. Se acordó de aquel capítulo de Aquí no hay quién viva en el que el señor Cuesta ocultaba una obra haciendo que los albañiles picaran la pared al ritmo de música clásica. Definitivamente, seguía borracha. Abrió el otro ojo, el derecho, ¿qué era esa masa?, ¿había alguien a su lado? ¡Mierda, había alguien a su lado! Alargó el brazo despacio para, con mucho cuidado, levantar la sábana. Vale, era un hombre y estaba desnudo. Y tenía un culo bastante bien puesto, por lo poco que había visto, pero que no lograba reconocer. Quedaban descartados entonces amigos íntimos y familiares, gracias a Dios. Recordaba haber flirteado con algunas personas la noche anterior, aunque ninguna había llamado especialmente su atención. Ya se sabe que la cerveza ablanda la carne y cervezas había habido muchas. Carne también.

Estaba harta de intentar llenar sus vacíos con hombres, los hombres no llenaban nada de lo que ella tenía vacío de verdad. Trabajaba en una heladería haciendo más horas extras de las que el cuerpo y el Estatuto de los Trabajadores podían aguantar, se sentía sola porque la mayoría de sus amigos tenían pareja e incluso hijos y ya no encontraban tiempo donde encajarla en sus vidas. Lo entendía, pero comprenderlo no lo hacía más fácil. 

En unos segundos que parecieron horas, tomó varias decisiones de vital importancia en aquel momento: voy a salir de la cama, levantar la persiana, descubrir quién narices es el tío que me traje ayer y decirle, muy amablemente, que puede irse a desayunar al bar de abajo, al de la esquina o a donde le plazca, que yo tengo muchos cuadros que pintar.

Pintar era lo único capaz de hacerla sentir libre de aquello que la mantenía cautiva: ella misma. Ser millenial y haber desarrollado su carrera en el tiempo equivocado eran la excusa perfecta: es que está todo fatal, los de mi generación tuvimos muy mala suerte. Y así era, pero mientras preparaba helados sobre una plancha de acero inoxidable a -30º, aguantando las bromas misóginas de su jefe y el mal trato de algunos clientes, sus sueños se iban derritiendo como los conos que ella servía. 

Cuando cogía un pincel, su mente sólo podía concentrarse en los colores, las formas, la vibración que el choque de la pintura hacía contra el lienzo y llegaba a su mano, subía por su brazo hasta su hombro y se alojaba allí, cerca del cuello, en lo que parecía el espacio más seguro de su cuerpo. Crear era el billete a otro planeta, a una galaxia muy lejos del imbécil de su jefe, su mierda de sueldo y el poco tiempo libre que tenía y empleaba en compadecerse y conformarse. Pintar era oxígeno, alimento y naturaleza. Pintar era su salvación.

-Buenos días, bonita, es que no recuerdo tu nombre pero, ¿te apetece volver a la cama y que nos conozcamos un poquito mejor? – el individuo sabía emitir sonidos, lo que no se le daba tan bien era construir frases apropiadas. ¿En serio pensaba ligar así?

-Te agradezco la invitación pero tengo cosas que hacer. Estaré en el salón, pintando, puedes coger tus cosas e irte cuando quieras, supongo que recuerdas por dónde se sale.

Salió de la habitación determinada a que aquel fuera el último encuentro sexual con el que intentaba rellenar su vacío, tenía que aceptar el agujero que tanta angustia le producía. Siendo consciente de que todos, todos, tenemos uno, se sintió reconfortada, en paz. Abrió el balcón del salón, colocó el caballete frente a él. Rebuscó entre el material una paleta de plástico donde había hecho mezclas de colores cálidos. Mojó el pincel y celebró, con su primer trazo, el segundo que inauguraba su nueva vida tras el último hombre-llenador-de-vacíos. El individuo que había fundido, probablemente de forma torpe y violenta, su cuerpo con el suyo la noche anterior, asomó la cabeza por la puerta. Ella ni siquiera se molestó en girarse. Él dijo adiós y escuchó cómo la puerta del piso se cerraba con un golpe seco. En aquel momento, un tono anaranjado, parecido al que la piel toma en verano, empezaba a dibujar la forma de un culo bastante bien puesto. «

febrero 16, 2021
junio 7, 2021

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