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EL COLOR AZUL DE LUZÍA

Decir que tengo el blog abandonado es quedarse corto. Hace más de 4 meses que no publico nada y lo que es peor, que ni siquiera entro en el administrador de mi web. Después de borrar los 500 comentarios, todos spam, que tenía pendientes de aprobación, por fin empiezo con lo que realmente me ha hecho volver a tener ganas de publicar.

Seguro que te acuerdas de Luzía y de su color naranja. Nos dejó a todas con ganas de más y, por fin, tenemos otro capítulo. Debo decir que me lo envió hace meses y lo de haceros esperar, ha sido solo culpa mía. Así que no me enrollo más, aquí lo tienes.

EL COLOR AZUL

«La cartera, que no se me olvide la cartera» eran las palabras que daban sus días por inaugurados. Repetía la frase tantas veces como podía entre el baño, tras cepillarse los dientes, y la puerta de la calle, para salir a por el coche: un Porsche Cayenne Turbo. Nunca se había interesado por el mundo del motor pero sabía qué había que tener para que se supiera que ganaba mucho dinero.

Condujo orgulloso hasta el centro de la ciudad, estaba seguro de que las mujeres se fijaban en él en cada paso de peatones. Ellas probablemente no le miraran, sin embargo ninguna escapaba a su juicio. «Esa está buena, a esa le sobra un poco de culo, esa tiene una tetas entre las que me gustaría dormirme. Joder, ¡mira qué gorda! No entiendo esa moda de no arreglarse, ¿cree que así va a casarse alguien con ella?». Aparcó en la peatonal, justo delante del negocio que con tanto esfuerzo había levantado. Detestaba el barrio, pero había que modernizarse y la gente joven que publicaba sobre su negocio habitaba aquellas angostas y sucias calles. Qué manía de romantizar lo proletario… 

Su apellido lucía orondo sobre la puerta: Helados Hernández. El primer obrador lo habían abierto sus padres para la clase alta, pero las clases se habían diluido con tanto inmigrante, tanta globalización y tanto joven de izquierdas con dinero montando negocios. Hacía tiempo que no entendía el mundo y se negaba a abrirse a él. Lo que sí abrió fue la persiana de la heladería mientras pensaba en por qué narices su empleada no estaba allí ya.

Él, que le pagaba un buen sueldo cada mes, nunca más tarde del día dieciocho; él, que le había comprado dos uniformes para que tuviera recambio, que la dejaba recoger tranquila al terminar la jornada aunque estuviera fuera de hora y que, además, era simpático con ella. «Debería estar agradecida, en otros sitios explotan a la gente», pensó mientras encendía las luces. Estaba tan ensimismado en sus cavilaciones que no la vio entrar.

  • Buenos días.
  • Ah, hola, no te había visto, claro que si hubieras estado aquí a tu hora, te habría visto porque ya estarías dentro cuando yo llegara.
  • Es mi hora, entro a las once y son las once menos dos minutos. 

Era imposible discutir con ella, siempre quería tener la razón. ¿Qué les pasaba a los jóvenes de ahora? Él jamás se habría atrevido a contestarle así a un jefe, claro que nunca había tenido uno, pues siempre había trabajado en la heladería, tras formarse en las mejores escuelas de restauración. Técnicamente, siempre había sido su propio jefe. Él era quien mandaba y aquella insolente y respondona que tenía por empleada, a pesar de todo, trabajaba bien y sabía conservar a los clientes así que no le quedaba más remedio que lidiar con ello.

  • Jefe, creo que la policía le está poniendo una multa.
  • Pero ¿qué cojones? — La maldita policía, como si no hubiera personas a las que detener por dormir en la calle, desarrapados ocupando viviendas o bicicletas molestando en medio de la acera. A esos no los multaban, no, pero al empresario y ciudadano ejemplar, sí, claro. Menudo país.

En un local adyacente se encontraba el obrador, donde daba órdenes a dos reposteros que jamás entendían la esencia de su arte. En casa, tras el jardín, se encontraba un pequeño taller donde esculpía. Esculpir era la única forma de olvidarse de los ingratos que tenía por empleados, de los proveedores enviando facturas constantemente, de lo solo que estaba. El obrador y el taller se parecían bastante y en ambos estaba creando alrededor del mismo concepto: el color azul.

No existían muchos helados azules y, al igual que en su escultura, quería lograr sabores que evocaran lo etéreo y fluido de ese color. Con cada golpe de cincel, olvidaba cada orden a la que su dependienta había hecho oídos sordos; cada vez que pasaba la mano por la superficie de su obra, sus nervios se calmaban. Era tal la concentración, que por un pequeño intervalo de tiempo podía dejar de sentir la angustia que su próspero negocio, su coche y su talento no podían llenar. Sabores imposibles, combinaciones arriesgadas y colaboraciones con otros maestros reposteros le habían llevado a lo más alto en su ámbito, pero no tenía con quién compartirlo. A su empleada le importaban una mierda sus éxitos, cuando debería estar alegrándose de trabajar para alguien como él; en sus compañeros de profesión tampoco encontraba verdadera amistad, pues solo querían lucirse y ser admirados. Malditos engreídos… Pero a la hora de la verdad, cuando volvía a casa cada noche, le habría encantado tener quien le admirase.

El día había pasado lento, estaba cansado y en su cabeza no dejaba de darle vueltas al maldito helado de color azul, necesitaba desconectarse. Les dejaría cerrar a ellos y así podría irse antes a casa. Con la multa aún enganchada en el limpiaparabrisas por haber aparcado en zona peatonal, se bajó del coche derrotado y fue directo al taller, al otro lado del jardín. Se puso la bata que había heredado de su padre, se sirvió una copa y acarició el azul de la escultura que estaba a punto de terminar. Quizá algún día lo que terminara fuera la jornada junto a otro azul, el del mar, y junto a alguien que compartiera con él su vida. Tenía que haberla, tenía que haber muchas mujeres deseando a alguien como él, ¡si no le faltaba de nada!

febrero 18, 2021

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